El Ché en una barrera de la Plaza de toros de las Ventas

El Ché en una barrera de la Plaza de toros de las Ventas
Este es un espacio de salida del mundo.
El compendio de textos, fotografías o dibujos a contiuación son reflejo de nuestras sensaciones frente a diferentes expresiones vitales.
Somos taurinos y zurdos, como un Josétomás político o unaRosaluxemburgo taurina, todo en una misma ensaladera.
Ojalá Condorcet podría leernos y Navalón criticarnos.
En su lugar y paras nuestras suertes están ustedes...

15/11/07

Artículo por la muerte de Alfonso Navalón



Alfonso, tengo que contarte algo

Rosa JIMÉNEZ CANO (Madrid)

Alfonso Navalón Grande nació en la calle de las Bocas de Huelva el 5 de abril de 1933. Dijo adiós a la vida en su domicilio de Salamanca, con serenidad, consciencia y acompañado de los suyos, el 27 de agosto de 2005, víctima de cáncer. Recibió sepultura junto a su finca de El Berrocal, en el panteón familiar de Fuentes de Oñoro al día siguiente.


Alfonso, imagino que después de tanto ajetreo ya estarás mucho más tranquilo, porque no sabes la que has liado. Te lo tengo que decir porque nosotros dos siempre nos contábamos todo sería una traición no decirte cómo ha sido tu adiós.

El sábado, como sabrás, después de ver la corrida de Victorino en casa, cuando Sol me dijo que querías hablar conmigo, nos despedimos. Tenías la cabeza como siempre y seguiste siendo un tío de una pieza. Ya te dije todo lo que siempre supiste y tú me contaste, casi en un susurro, lo que esperabas de mi. Te dejé, mientras nos apretamos la mano, un beso, y al darme la vuelta, ya con lágrimas, sentí que merecías uno más. No querías verme así y me diste en la pierna para que saliese a hacer un último recado. Te despedí llevándome la mano al corazón, para que supieras que siempre te iba a llevar ahí dentro.

Me dio tiempo a decir adiós de tu parte a los amigos del Portal, pero antes de ir a ver a Nachi, como tú querías, llamó Sol para decir que te habías ido de este mundo. Nos vinimos abajo, pero no hubo tiempo para lamentos. Cerezo se portó muy bien con todos, hasta te estuvieron preparando un traje para que estuvieras como siempre fuiste, un tío elegante con un travieso pañuelo de tu colección asomando en la chaqueta. Me tocó llamar por teléfono a tus amigos, esos que te admiraban y defendían a capa y espada.

Prefiero no contarte cómo fue esta noche porque no te iba a gustar. La mañana del domingo tampoco fue gran cosa, pero pudimos pasar lista de los que te querían de verdad. Paquito Cañamero tuvo un detalle bonito en Tribuna y no ha parado de publicarte cosas. Aunque lo que más me ha gustado ha sido el artículo de Perelétegui en El País, se nota que te conocía bien. En El Adelanto también echaron el resto y pusieron el que iba a ser tu primer artículo ahora en septiembre. De nuestra Pedrero casi que no te digo nada porque no vamos a descubrir ahora que escribe como los ángeles.

Ya ves que la feria no va a ser la misma. En realidad, tampoco lo será Salamanca. Según paseaba por la ciudad notaba que se cerraba un ciclo: el Gran Hotel camino de ser un solar, el Breton en ruinas, tú en una caja de pino y el mesón de La Rad, el de la señora Lauri, debajo de la autovía.

Sé que todo el mundo está contando dónde escribiste, los premios que tenías y no sé cuántas cosas más de mala baba que no sé de dónde lo habrá sacado porque con los que te iban de frente eras un "cachopán".

Por si en el largo viaje quieres recordar tu otro viaje, el de los Toros del Sol te pusimos el libro contigo, dentro van unas cartas de Sol y "Yoyota" y también fotos de Borja. Igual por ahí arriba te encuentras con los protagonistas, o con algún "indocumentado" que no se ha enterado que era texto oficial de español en la Universdad de Paris.

Eso yo ya lo sabía antes de conocernos en Zamora y pasar aquel San Isidro en que José Tomás se dejó un toro vivo entre tertulias de humo y copa de balón. Sólo nos faltaba Carmen Esteban para completar un podium de bohemios.

Después vinieron las visitas al Berrocal, unos pocos tentaderos y un montón de viajes en los que me decías que te recordaba a ti cuando empezabas. Anda, que si no me metía yo en un berenjenal lo hacías tú.

Acuérdate de cuando quisimos ir de furtivos a hacer un reportaje a "hernandinos" y terminé gripando el motor. Menos mal que como salías en la tele, el frutero del pueblo remolcó el coche y dejamos las llaves en la Fonda "El Porvenir", a mi no me convencía mucho pero insiste tanto que accedí. A mis ojos, haber toreado un festival a beneficio de la dentadura postiza del cura del pueblo en los sesenta con aquel tipo no era suficiente motivo para dejarle las llaves; pero poco lejos iba a ir si tan siquiera arrancaba...

Desde luego, mi coche va a echar de menos que quitaras la radio de cuajo para echarte la siesta o los viajes para tomar "caldo verde" y vinito blanco a Almeida. Echaré en falta las conversaciones aquellas sobre mis "eternos amores efímeros", en eso también nos parecíamos.

Ya, Alfonso, ya sé que me estoy yendo del tema, pero esta es la última vez que te escribo y sé que no querrás contestarme. Tranquilo que esto no dura mucho más. El lunes no quise quedarme por ahí, seguro que me hubieras regañado por seguir pasando mal rato y vine a hacer como la que la vida seguía. Llamó Carine la de Antoñete para darme ánimo, igual que Julio Stuyck y tantos otros. Pero claro, imagina la llantina que me paso con cada uno... Menos mal que en la radio con Vicente Parra y Manolo González, aguanto bien el tipo. Eso también me lo enseñaste, cuando contabas la historia de los payasos que con la madre de cuerpo presente seguían con la función. No es nada nuevo, Mendes también lo hizo cortando una oreja en Madrid con su padre sin enterrar.

En el rato final, antes de ir camino de Miróbriga por última vez, pasó a verte más gente, justo es decir que Arancha, Andrés Sánchez, Paquito, José Dani y Cerezo no te dejaron ni un minuto. También estuvo Luisa, de quien siempre me hablaste con cariño. De tus amigos no faltó Adrián con su señora ni Alberto Estella al que siempre preocupabas tanto. Del 7, esos que decían que tú adoctrinabas, vinieron Miguel "el montañero" y Facundo, nuestro arquitecto con alma de niño.

Con Fernando Vegas íbamos recordando los disgustillos que nos dabas por esa afición tan tonta que tenías a meterte en líos. En fin, como él era tu abogado es una manera de darle trabajo. Y nos acordamos de las historias de esta feria.

No quise entrar en la iglesia de Fuentes de Oñoro, es que no se cabía, pero hasta te leyeron una carta de la Asociación de Mayorales. ¡Qué bonito! Contigo estaban unidos los que más viven el campo, tu pasión más políticamente correcta.

¡Ah! Que no se me olvide. Hice las paces con Juan Diego, es una pena que Blanco, el fotero, no estuviera con la cámara, y el amo Mariano, que estuvo, no mandase un propio para inmortalizar el momento. Le dije que me perdonase si alguna vez le hice daño, le tendí la mano y le recordé que sin ti, teníamos algo en común: "Ahora, Juan, ni tú ni yo tenemos quien nos defienda". A ti las verónicas de este chico te traían de cabeza.

Me encontré con Diniz, el vaquero que tanto te crispaba y era disk jockey nocturno, tenías razón estaba liado con la niñera de Borja. Según me dijo tenían una niña y todo. Agustín, el del Frango, estuvo cariñoso y hasta contento al saber que Pochi, Estrella y Sol estaban hechos una piña auténtica.

Tus hermanos Tony y Carlos -me recordaron que sigo teniendo casa en Ciudad Rodrigo y Salamanca- estarán al quite con ellos, así que puedes quedar tranquilo.

Entre lágrimas te dejamos en el panteón donde están los tuyos, los sollozos los acallamos todos con una ovación que si llega a ser en el ruedo, te habría obligado a ir más allá del tercio. ¡Qué digo! Saludar en los medios tampoco es suficiente. Igual hasta una vuelta al ruedo recreándote en la suerte y dejándote ver que es como te gustaba. Siempre tan presumido.

Antes de volver al coche y huir cabizbaja a Madrid escuchando al Fenicio en la radio -aunque no lo creas, estuvo hecho un caballero, Pedro Jóder también-, me besé los dedos y los planté en tu caja. Es todo lo que te llevas de mi. Pero quiero que sepas que allí donde yo vaya, irá un trocito de ti. Ni tú ni yo fuimos nunca unos sensibleros, por eso sabes que el gesto de llevarme el puño al pecho era verdad, siempre te llevaré ahí dentro, donde el cáncer te iba ya comiendo.

Nunca quise escribirte esto pero nunca tuvimos secretos.

Cuando lo leas sé lo que vas a decir, porque putearme era ya un vicio para ti. Me vas a decir que soy una "tuercebotas", pero la culpa es tuya, por irte tan pronto y dejarme el aprendizaje a medias.

Hasta la vista, mi amigo, maestro y confesor, donde quiera que estés, en cuanto llegue por ahí, te pasaré a buscar.