El Ché en una barrera de la Plaza de toros de las Ventas

El Ché en una barrera de la Plaza de toros de las Ventas
Este es un espacio de salida del mundo.
El compendio de textos, fotografías o dibujos a contiuación son reflejo de nuestras sensaciones frente a diferentes expresiones vitales.
Somos taurinos y zurdos, como Josétomás sin política o Rosaluxemburgo sin toros, todo en una misma ensaladera.
Ojalá Condorcet podría leernos y Navalón criticarnos.
En su lugar están ustedes...

8/01/09

zapatos por almohadillas





Por Nochetriste

En lugar de almohadillas echaron zapatos.
Emulaban a aquel desalmado que osó tirar un zapato al peor político de todas las vidas. Entre sus enormes guardaespaldas, camuflajes, asesinados por miles impunemente, quiebras económicas del mundo; un periodista iraquí le tiró primero un zapato y luego el otro.
Como si no tuviera prisa lo hizo con desalmada calma, rodeado de pirámides humanas que escoltaban al bobote imperial presidente, hizo dos lanzamientos que por la ejecución demostraron talento y preparación.
Yace preso, dicen que quince años, pero vive en miles que obtuvimos siglos de libertad.
No sé su nombre, eso es injusto y acaso poco serio, pero me niego a aprender esas sílabas extrañas al idioma romance que practico, no por sectarismo lingüístico, sino porque su anonimato me encanta .
Tengo aún ese viso de ingenuidad romántica que cuenta que los nombres no cuentan, que regresa la vista a ese enorme valiente que puso su cuerpo en la plaza de Tian An Men, que no quiere saber sus meros datos identitarios, porque sobran frente a la imagen de un desconocido desafiando una mole metálica propia de esta pútrida modernidad.
Ya no hay anónimos cambiantes de vidas, ya no espontáneos que bajan la mano despacio mientras los policías- paralelo a la seguridad del bobalicón presidente- corren en valor de su aprehensión. Los extraño, porque me emociona la sola idea de la muleta guardada entre la ropa para que nadie se percate de su intensión; me pone nervioso el solo ponerme en sus zapatos cuando ve un toro embestir y un torero negársele; me alucina imaginar el salto desde la barrera, el cruzársele al de luces y dejar en los aficionados la ilusión de poder ser ellos mismos.
Pero ya no los hay.
Acaso, quince años más tarde importamos al enorme iraquí y le pedimos devolvernos la historia, la rebobinamos y le damos significado a las pupilas de los entonces rebeldes político- taurinos que vean muletazos zurdos a una historia por lo demás aburrida.

25/12/08

Navalón, el mejor de los taurinos





Por nochetrsite

Recuerdo al Navalón que se metía con la vida de los toreros, al que se burlaba de la enorme mayoría de taurinos y al que cada día iba perdiendo la esperanza en el mundo de los toros, que un día conoció o imaginó.
Imagino a quien escribió “El viaje a los toros del sol”, no porque haya frecuentado su vida entonces, sino porque lo he releído tantas veces que siento haber compartido con él los viajes por España entera, hablando y toreando becerras con los ganaderos soñados y extintos de sus páginas.
Sé de la tarde después del rabo de Palomo cuando los aficionados de verdad de Madrid le dieron la espalda a la pantomima del día anterior por un artículo suyo; de su salida a hombros a volandas de los mismos aficionados de la Plaza de toros de Las Ventas por la verdad que devolvió a una fiesta, entonces y hoy, venida a menos; de aquella anécdota que contaba que Antonio Ordóñez de luces y en feria, en acto de malaleche le tiró la muleta en una plaza del norte para que haga con los avíos de torear lo que decía con su pluma, y me regocijo al contar a taurinos y marcianos (Aute dice que el mundo se divide entre taurinos y marcianos) que un hombre con canas en las sienes tomó la muleta, por la izquierda que era el pitón por el que el gran Antonio no había atinado ni un pase, le pegó dos tandas y el de pecho y le devolvió la roja tela sin palabras aclamado entre aficionados que desconocían lo que sucedía en el ruedo.
Conocí al viejo Navalón, en una y muchas escapadas a América, justo cuando España le dio la espalda, cuando el mundo de los toros en Iberia desterró de sus páginas al más grande escritor taurino. Entre la amargura y el humor, reconocí a quien iluminó la fiesta más grande del mundo, a puntea de cantarle verdades al entonces toreo de becerros desmochados que tenía más de pantomima que de ceremonia, más de dinero que de mística, más de saltos y velocidades que de cadencia y despaciosidad.
Él fue uno de quienes devolvieron al mundo de los toros su esencia, pero como buen revolucionario fue expulsado por los mismos que lo cargaban a hombros pocos años antes. Renunció al exilio, pero respiraba hondo cuando salía del refugio en sus tierras charras.
Hoy, cuando leí a Rosa Jiménez Cano recordarlo y cuando recordé las letras que ella le dedicó al morir, me cago en su vagancia maldita que nos privó de muchos más libros, y lo abrazo desde lejos, porque aún cuando amó las tierras americanas, seguro escogió el descanso eterno cerca de su amigo Julio – de quien escribió como nadie más, solo les pido leer cada una de sus letras antes y después de su tragedia-, en esa Salamanca eterna que debería sacar el rostro del tirano Franco de su plaza Mayor para poner la de Alfonso Navalón en honor a un gran Salmantino y mucho más que eso al mejor de los taurinos.
Alfonso eterno,

Nochetriste

21/10/08

Los taurinos somos zurdos





Por Nochetriste

Un viejo torero ecuatoriano me decía hace años, cuando yo mismo transitaba la ilusión de vestir de sangre de toro y azabache, que hay tres profesiones que salen de este mundo, los sacerdotes, los guerrilleros y los toreros.

Un amigo guerrillero, que ya no visita las plazas de toros porque su hija es ambientalista ni porta armas porque cree en la vida y no en la muerte me decía que mientras cruzaba balas con enemigos en selvas lejanas, pensaba en las chicuelinas de Camino o en los pases de pecho de Manzanares.

Un cura, de aquellos que creyó en la causa de los pobres y lleva por apellido al astro que acompaña en las noches a los poetas, toreaba de joven hasta que su dios lo separó de las sensaciones de muerte y de vida, de carne y pasión.

¿Cuantos seres en este mundo son capaces de dejarse matar por lo que creen, sueñan, o sienten? Muchos van por la vida dispuestos a matar, eso es sencillo, ya ni hay que desarrollar habilidades de fuerza o talento, sino tener la capacidad de mover un dedo, para disparar o activar aparatos que podrían estar a miles de kilómetros. Pocos ponen el pecho a las balas, las piernas a los pitones el celibato a las ansias sexuales, ¿o no?

El toreo al natural es tan profundo como la revolución. El torero, ser fuera de este mundo que es capaz de crear arte aún exponiendo su vida, es un animal en permanente extinción que deja en el paladar de los espectadores, entre sangre y seda, el sabor a pólvora disparada por propios ideales. Si no se convencen, regresen a Tomás en la ventisca del Isidro del 2008, no a sus formas, a sus manos, a su cintura sino a su rostro, a sus gestos, a la impavidez que espanta. A la quietud que desvive en correr la mano con el corazón dispuesto a la muerte. Como los samuráis que pelean tranquilos y felices porque pelean contra ellos y conscientes siempre de que la actitud es pelear conscientes de que la muerte sería un honor.

¿Qué sería del mundo de los toros sin los naturales espásmicos de Tomás en Madrid el 5 de junio, como de la historia sin la foto del Ché muerto-mesías entre enemigos cobardes?

¿Qué de del toreo gitano del Paula sin Bergamín –intelectual de una izquierda que no abandonó la lucha aún en años de fascismo-cantando su música callada del toreo o del arte sin Picasso y su Guernica dejando toros en las pupilas del último ser humano de esta tierra?

Algunos ingenuos relacionan al toreo con la derecha al ligarlo con los aficionados de trajes de seda que pueblan los tendidos para ser vistos y no para ver nada. Esos son espectadores tan perdidos como los chinos que van a Madrid en verano, ni taurinos, ni aficionados, maniquíes deformes que visten colores.

Los taurinos somos los que soñamos con morir entre los pitones de un toro, aún si no podemos hacerlo. Los que vamos a general si no nos alcanza pero sentimos antes de ver un toro la sensación antes de la muerte, el éxtasis o la dicha; los que le bajamos la mano a la vida porque la queremos cambiar, porque queremos que meta la cara y se vaya lejos y mire a los de abajo intentando que suban.

Cuando me decía el viejo torero lo del cura, el guerrillero y el torero, se veía cura, se miraba torero y soñaba ser guerrillero. Los tres de los que hablaba son los zurdos que dieron significancia y significado al idealismo; los que construyeron el camino para que la revolución sea un camino y los que sumaron feligreses, rebeldes y locos aficionados a mundos distintos que construyen desde la izquierda una realidad más igualitaria, solidaria y feliz.

19/04/08

El pútrido mundo que rodea los toros, Los toros y su valor para el mundo




Por Nochetriste

Envidiosos, mentirosos, celosos, limitados, soquetes, miopes, sordos, ignorantes, insensibles, corruptos, engreídos, pretenciosos, sinvergüenzas, hombres, todos hombres, ninguna mujer; peseteros, sucreteros, secreteros, secretarios, lambiscones, lameculos, esbirros, tantos y tantos tontos esbirros; mansos, descastados, rajados, bruscos, toscos, cobardes; ostentosos, derrochadores, putas modas; tremendistas, populistas, clientelares, asistencialistas; excluyentes, misóginos, homofóbicos; vivarachos, mentirosos, sucios, hipócritas, crueles; derecha, conservadores, casi todos curuchupas; viejos, muy pocos jóvenes, casi ninguno, anquilosados, dogmáticos, irracionales, arribistas, aprovechadores, tantos y tantos egoístas, tanta y tanta injusticia.
Matando morir muriendo; lentitud, temple, torería; cultura, letras, música, armonía, ritmo, compás; bravura, calidad, nobleza y buena clase; estética, feminidad, feminismo; sangre derramada, arte derramado, valor derramado, todos derramados en olés sonoros; esfuerzo, pasión, dolor y triunfo; verónicas a la vida para seguir toreando, viendo torear, sintiendo el toreo; complicidad con la pobreza y arrimones a la riqueza; señorío, dignidad, afición, loca y apasionada afición; niños jugando al toro, niñas queriendo ser toreras; viejos viviendo del toro, toreando las necesidades, felices por su coherencia de vida; verdad, puntas, riesgo, muerte y vida, muerte y vida, no importa mientras sea viendo -sintiendo -toreando toros; naturales, zurdos, izquierda, revolución, política, amistad, lealtad, emancipación, igualdad; soñar toreando para torear- y vivir- o vivir – y torear- como se sueña.

8/04/08

Evolución: De dios al Toreo




Por Nochetriste

El mundo es producto de procesos naturales de evolución, a nosotros, en este escrito, son los sociales los que nos interesan. Las revoluciones quitan una cáscara y ponen una nueva, hasta que esta se desgaste y venga la renovación.
Pero hay ciertos espacios con muy poca capacidad de renovación. Hablaremos aquí de los toros y la religión.
El mundo de los toros trae condumio de solera. Las tradiciones marcan el funcionamiento de la fiesta y entre tercios y suertes se descubren largos siglos de vida. De todas maneras ha habido momentos de cambio que sacudiendo la fiesta nos han traído hoy, al momento más elevado de la historia del mundo de los toros.
La religión sigue teniendo clavado a dos pedazos de madera contrapuestos a un dios sangrante que mira las injusticias y les quita la cara. Un dios que representado por sus sotánicos curas, no alcanza a ver la propagación de enfermedades venéreas en el áfrica mientras los preservativos se pudren entre el índice de su inquisición. Una religión que mantiene el celibato en un mundo que en la explosión sexual encontró sus raíces.
Cuando Juan Belmonte revolucionó el toreo, se quedó quieto ante los ojos de los ortodoxos e impuso la utilización de burladeros para mermar sus falencias atléticas, los sacerdotes taurinos creían que era el fin de la fiesta.
El toreo renació, descubrió su más pura esencia, cambió las lógicas gravitacionales y elevó vuelo en sus primeros intentos.
Cristo. Aquel ser humano extraordinario que logró que dos mil años después de su muerte sigamos mirándolo como una deidad, fue ese de carne y hueso que peleó contra las desigualdades, contra un proceso de conquista romana que no solo excluía al pueblo judío sino que lo miraba xenofóbicamente. Ese Cristo que seguramente pecó tantas veces como cometió milagros, no era el que criminalizaba la homosexualidad, el que rechazaba a las mujeres que abortaban acusándolas de asesinas, el que despreciaba los revolucionarios y se vestía de lujosas pieles. Cristo, el de entonces, el personaje revolucionario, era uno que creía en el cambio, que murió por el cambio, que fue torturado por un imperio y sacrificado en vano.
Mientras decenas de caballos eran arrastrados por la pureza de la fiesta. A algún revolucionario, con naciente conciencia ambiental, se le ocurrió poner una protección a esos caballos que vendados los ojos eran sacrificados sin sentido alguno. Los sacerdotes ortodoxos que profesaban liturgia taurina enunciaron fecha y lugar del final de la fiesta.
El toreo renació, descubrió su más pura esencia, cambió las lógicas gravitacionales y elevó vuelo en un segundo momento. Luego vinieron muchos más, Manolete y la ligazón, Paula y el arte, Tomás y la colocación…
En vano moriría Cristo porque le creímos dios y bajamos las virtudes de un hombre extraordinario a la normalidad de un dios crucificado. Le trataron tan mal que le tocó solo un tercio de dios.
Cuando son sus pecados, sus miles de pecados quienes construyeron ese hombre, no su maquillada y virginal impolutez; sus aventuras, las reales, deben haber sido fascinantes, sus años de adolescencia en los que negó ser dios una y mil veces, sus enamoramientos, sus amores, sus lágrimas, su descarnada humanidad. Lo mataros sus discípulos que en nombre de la diosa pureza nos quitaron su maravillosa vida y sus reales enseñanzas.
Al toreo no podemos perderlo en esas manos. Nos hemos sacudido de dichos ortodoxos, ora porque de viejos murieron en sus lamentos, ora porque no son capaces de seguir la vorágine de los tiempos.
Es momento de pensar en la fiesta con relación al mundo en que vivimos. Amamos la fiesta exactamente como es, pero debemos ser capaces de entenderla en su real dimensión, pues a mi que me sobra de placer al ver una verónica torera, también me cabe la sensación de que podemos pensar que nuestra fiesta es cruel y a momentos salvaje. Nuestro arte debe refinarse en nuestras manos, sin perder su esencia; pues si dejamos esto a manos ajenas, la perdición es lo que nos queda. A un mundo que se torna cada día más verde no le podemos negar las posibles modificaciones que necesita nuestra particular liturgia.
Para anquilosados y misas, tenemos los domingos de luto.
La maravilla de la fiesta de los toros es su lujuria, sus colores y cóleras, sus momentos de tensión y de placer, los gritos y los olés, la libertad, el valor y la belleza. Todo ello no puede ser borrado por los vestigios medievales que prefirieron quemar libros que ofrecérselos a las mentes ávidas de sensaciones.
Me pregunto si por quitarle humanidad los discípulos cristianos habrán borrado de la vida de su maestro alguna anécdota de un par de naturales a uno de los minotauros de entonces . Si así fue, seguramente cristo era de los de arte, de los caprichosos muleteros que con dos detalles contentaban al gentío.
Solo sus sacerdotes habrían callado los olés, criticando su colocación, su falta de técnica, o su inevitable irregularidad.
Cristo fue de arte, humano de carne y hueso que en su afán de cambio nunca negó la posibilidad de un mundo revolucionariamente distinto y profundamente artístico. Nuestra fiesta lo es, no podemos dejarla naufragar entre lamentos del pasado.

17/03/08

El Fracaso, la soledad y mi razón de ser



Por Nochetriste

Las masas generalmente esconden a las personas, esconden las sensaciones, esconden los sufrimientos.
Para quienes venimos de pequeños países en los que las ciudades, por grandes que se conviertan, aún guardan un sabor pueblerino; viajar a grandes metrópolis en las que las personas son mucho más parecidas a animales que siguen las órdenes de sus pastores o números que responden a la perfección a las leyes matemáticas delineadas por los cabildos del lugar, las sensaciones de invisibilidad nublan nuestro tiempo.
Caminar entre cientos de miles de personas que pierden la mirada en los tres metros que les queda de perspectiva, sin tomarse la molestia de buscar ojos que los reconozcan, nos suena inverosímil. Tomar el metro, e impedir que te miren, lograrlo, y seguir con tu vida, parece un ejercicio de inviolabilidad de espacio que nos confunde.
Acaso por eso nos es más sencillo entender cuando un torero -uno entre miles- vive en soledad las sensaciones del fracaso.
Nosotros tomamos un avión y tratamos de burlar las leyes para mantener nuestras familias (de vuelta en el continente americano), no tomamos precauciones en el viaje, llevamos lo puesto y debemos esbozar sonrisas en el camino para no ser descubiertos como inmigrantes ilegales que buscan quitarle un puesto de trabajo a un español. Las lágrimas, las que llevamos dentro durante buena parte de la estadía, se quedan en casa con los que no se van, con los que reciben por noticias dinero y por novedades el abandono.
Los toreros sueñan todos los días en los triunfos que conviertan cada tarde en un escalón, por eso cada día fallido, cada animal que no embiste, cada suerte que les juega mal la partida, es una hora menos de vida. Mientras tanto, los públicos vienen a ese día y nada más, ese es el día que quieren ver triunfo o sangre, todo lo demás sobra, todo lo demás manda de vuelta a casa al aficionado, al asistente, decepcionado.
En nuestra tierra, en las corridas populares no es distinto, el triunfo se cuenta en muertos, no muy distinto a Pamplona en que los encierros se miden en guiris heridos, fallecidos, torpes que creen venir a jugar y terminan por jugarse la vida.
Los toreros no juegan, ellos saben a lo que van. Los que la tienen claro sufren mucho más en las tardes tibias, en las corridas tenues. Los que llegan a la cima son los que del gris hacen arcoiris, pero aún ellos viven los dolores de ser anulados por muchedumbres que cada día esperan más. Basta ver a los más curtidos y venerados en el mundo taurino llegar al patio de caballos de Madrid. Escuchar los pifidos de entrada cuando tocan la arena. Invisibilizar todo lo que hacen y cuando cuajan un toro y por ahí el público se equivoca, solo imaginamos la cabeza de los mismos toreros pensando en la próxima vez que vengan y no tengan suerte. Ellos suben las espectativas cada día, si el siguiente no mejoran, si solo lo empatan ya han perdido.
Los americanos debemos sostener el sufrimiento, como migrantes dejamos nuestro placer, nuestra posibilidad de disfrutar la vida para construirles desde fuera a nuestros hijos, el futuro que nuestro país nos impide brindarles. Cuando fracasamos, cuando nos echan del trabajo, no tenemos a quien contárselo, no podemos imaginar la tranquilidad, vagamos por las calles buscando ojos comprensivos que nunca llegan. Nos perdemos entre los muchos buscando un consuelo, que como en Las Ventas, no existe. O triunfamo, o el fracaso nos lo recuerda a bofetadas.
Siempre he imaginado muy cercanas las noches, después de los fracasos, de los migrantes y los toreros. Ninguno ve a nadie. El torero porque no quiere a los aduladores contándole cuentos de tardes que no existieron; el migrante porque no tiene a nadie, porque lo que place es un buena borrachera a solas.
Cuando este mundo se acabe, -me refiero al de las desigualdades y los sufrimientos; al que aún nos acoge a los aficionados a los toros y al mundo de los toros en sí mismo, en su real integridad- seguramente primará la inteligencia emocional, los canales para conocer el éxito, las cuentas corrientes que se llenan sin sacrificio.
Cuando este mundo se acabe- me refiero al de las desigualdades y los sufrimientos; al que aún nos acoge a los aficionados a los toros y al mundo de los toros en sí mismo, en su real integridad- yo me habré ido con él, porque solo del sufrimiento nacen los heroísmos y solo del fracaso de un buen torero que no encontró en una docena de naturales tranquilidad vive el arte del que yo mismo me alimento para que mi vida tenga sentido e ilusión en cada despertar.

Los de arte y los demás



Por Nochetriste

El mundo de los troos debe ser de los más duros que pueblan nuestra tierra. Y es aún más duro para los de arte. Los otros por último echan rodilla en tierra, hacen que el majestuoso coree uys en lugar de olés.
Fue José Tomás quien puso esto así, el maestro del Uy. Ahora todos quieren uys y los olés se quedaron bien guardados en casa. Este de Galapagar se pone donde los otros ponían los trastos de torear. Sus gaoneras son ceñídisimas, reñídisimas con la gravedad y sin duda con la estética. Pero todas atraen uys que levantan a los aficionados, muchos, o casi todos ellos, buenos aficionados. Se las pega a todos los toros y con un puñado de naturales, otra vez ceñidísimos y remates sin enmendar, más ceñidídimos aún, corta ceñidísimas orejas, de esas que miden setenta centímetros pues nacen de los ojos del animal muerto, de tan merecidas que son.
Los de arte necesitan el son del toro, el ritmo de la embestida, la bravura entendida en recorrido, humillación, fijeza. Todas ellas juntas pero además que vayan de la mano del estilo, del antojo del aritsta, acaso hasta del humor del día del creador. Eso han sido los toreros de arte, aquellos que no pueden pintar cuandio hay una construcción en el edificio de al lado; músicos que no dan un concierto si su melodía no termina de salir; escultores que no entienden la armonía de las formas en excéntricos vértices.
Los unos son artístas excelsos, los otros albañiles que hacen buena letra.
Pero hoy hasta eso ha cambiado. Los de arte salen, no la ven clara -como lo han hecho el puñado de toreros del arte que han existido en la historia- y en el momento que vive el toreo, hasta deben pegar un rodillaso, mejor si el de salida, mejor en la puerta de toriles. No olvido los de Morante en Sevilla en el 2007, o Manzanares padre en Quito en su despedida.
Las cosas están para que hasta los de arte se dejen tragos de traición.
Mi consuelo es que el arte no puede colmar las estanterías de la historia, para que este exista la vulgaridad debe tener su lugar. No en vano Manuel Benitez brindaba circo mientras abonaba el canmino para la entrada del cante de Curro y Paula.
En el mundo que nos tocó vivir es posible que toreros tan malos como el Fandi – extraordinario banderillero e hiriente muletero- triunfe al lado de toreros opacados, toreros de enorme clase que no suenan más, como Juan Diego, Manolo Sánchez o ese que ya se fue, despechado del maltrato: Fernando Cepeda. Existe y hasta triunfa Cerafín Marín –escupitajo a la estética-; se consagró y se retiró rico Dávila Miura como ¡torero de sevilla¡ -es para morir si lo ponemos al lado de Joselito el Gallo, Pepe Luís Vázquez, Curro o Morante- y hoy aparece como promesa Talavante- copia de Tomás, a momentos más inteligente, pero copia, mala copia, xeroxcopia-.
Los otros, los que pueden terminar por irse del despecho, de la desidia, del abandono: Juan Diego, en plena edad para dejarnos un puñado de verónicas que no se le olviden a la historia del toreo; Manolo Sánchez, de los de clase que se derraman, que organiza corridas de toros, no para hacer dinero, sino para verse en el vestido de luces, para que los que lo vean se arrepientan del mundo del toro que nos tocó vivir; o Cepeda que enseña a torear a un Perera que les puede a los toros, pero que por talla y estética en el trazo del toreo que lleva dentro, debería ser delantero del Badajoz, mientras el mismo Fernando levantaba a Sevilla con su aroma al solo caminar.
Aún así, cuando ya no había esperanza, vuelve le arte.
Morante sigue vivo, loco, loco de atar, pero vivito y toreando. Bordando el torero cuando le da la gana y paseando una burra con sombrero de copa del aburrimiento de competencia que tiene.
Y Manzanares hijo que emulando la clase de Ordoñez y sacando la sangre de cada una de las letras de su apellido nos deja claro que el futuro es nuestro.
Mientras más se toree, mientras más intenten evolucionar esto, se darán cuenta que es lo estético lo que evoluciona, nunca lo técnico. El toreo es un arte no una ciencia, para eso ya hay premios nóveles, y no me imagino a esos viejos metidos en mandiles pegando una media que merezca la pena.
También nos queda el Paula. De él nadie puede olvidarse. Por ahí, decide cumplir su palabra, olvidarse y hacer que los años olviden sus rodillas y ponerse nuevamente frente un toro. Ya ni me importa que no los mate, que casi ni los toree, si es capaz de una sola media. Con ella les taparíamos la boca a todos los insulsos que creen que esto es de técnica. Él mismo decía que el arte es al toreo lo que la técnica a los reparadores de refrigeradores.
Yo me apunto al cante y al toreo, dejo el ruido y las lavadoras para otros.